La historia de Loli

“Ahora puedo seguir la música, la letra y percibir mucho más el ritmo."

Mi voz ha cambiado e incluso puedo hablar en susurros. Antes era incapaz.”

Loli tenía sólo dos o tres añitos cuando perdió la audición debido a unas inyecciones de estrectomicina. En cuanto sus padres, que también son sordos, se dieron cuenta acudieron inmediatamente al médico y les confirmó una hipoacusia neurosensorial profunda bilateral. Era una sordera mitocondrial.

Aunque hasta los 7 años no llevó ningún tipo de prótesis auditiva tuvo mucha suerte con sus profesores que la apoyaron con sus estudios y además su familia hizo un esfuerzo impresionante por ayudarla. “Me acuerdo que en un principio mientras mis hermanos iban a hacer deporte u otras cosas más divertidas, a mí me tocaba ir a logopedia o, por ejemplo, mientras mis hermanos jugaban mi padre llegaba de trabajar y empezábamos a entrenar mi lectura labial. De frente, de perfil, de todas las formas… y mientras, mis hermanos jugando.”

Su vida fue pasando hasta que llegó a la adolescencia y en su nuevo centro auditivo le comentaron que por qué no llevaba dos audífonos. “Yo no lo acepté muy bien porque para mí era como oír mucho pero sin distinguir nada y esto unido a la etapa de la adolescencia, que si llevas audífonos... uff!! Total que lo rechacé. Y no volví a ponerme otro audífono hasta que no empecé a trabajar ya con veintitantos años, veinticinco o una cosa así. Sentí que era importante tener dos, yo tenía ya una cierta madurez y era más consciente de lo que suponía no oír tan bien”.

Ya un poco más mayor, en su colegio tuvo una compañera bastante más pequeña que ella y que a consecuencia de una enfermedad se había quedado sorda. Lo estaba pasando muy mal y tenía una gran depresión. Nadie conseguía sacarla de ella. La orientadora de Loli le pidió ayuda con esta niña y Loli pensó “Con mi experiencia, vivencia y mi filosofía de vida podía ayudarla. Y conseguimos que superara esta fase, que viviera su pérdida auditiva de manera más positiva, que no se bloqueara”.

Desgraciadamente, su compañera falleció al poco tiempo. Esta experiencia marcó mucho a Loli a la hora de escoger su profesión “Pensé que toda mi experiencia, todos mis problemas de audición podía utilizarlos, no para quejarme, sino para ayudar a otros que tuvieran el mismo problema”.

Habló con su familia sobre su decisión de estudiar pedagogía y todos le decían que por qué no estudiaba informática o matemáticas. Pero claro, Loli veía que las explicaciones del profesor eran todas en la pizarra y no se enteraba. Necesitaba una carrera que fuese “más de frente, donde las explicaciones se dieran cara a cara”.

Así que terminó su carrera, hizo un master de especialización en discapacidades auditivas y comenzó a trabajar en un gabinete de logopedia. La casualidad la llevó a trabajar con niños implantados y “fue cuando empecé a darme cuenta que estos niños, aunque tenían pérdidas auditivas bastante profundas, escuchaban demasiado bien”. Le parecía tan increíble la experiencia con estos niños que animaba a todo el mundo que estaba indeciso a implantarse. Incluso su marido se implantó, entonces tenerlo en casa le hizo ver las diferencias que un IC proporcionaba, cómo iba progresando su marido la dejó maravillada. Hasta ese momento “y a pesar de que los profesionales con los que trabajaba pensando en lo mejor para mí intentaban animarme a que me implantara, no sentía la necesidad ni la curiosidad por oír más, no sabía lo que era oír, todo a mi alrededor estaba adaptado, mi trabajo, mis amigos, mi familia y además me veía un poco mayor para esto del implante” Pero al final “No perdía nada por intentarlo”.

Su primera sensación fue muy extraña, “no fue sensación de oír o como yo oía con mi audífono”. Recuerda cómo dieron palmadas y arrugaron un papel, no lo había escuchado antes y fue un sonido un poco desagradable. “Alguien detrás de mí habló y yo me giré, y me dijeron, lo ves ¡estás oyendo!, pero dije que para mí esto no era oír. Fue una sensación muy física, difícil de describir, era como escuchar en morse, era como recibir estímulos o sensaciones”.

Fue mejorando a medida que pasaron los días y fueron ajustando los parámetros. “Avancé a medida que trabajaba, escuchaba sonidos, palabras y se convertían en palabras con significado, poco a poco comencé a entender todo, a discriminar y ahora los sonidos que más me gustan son la música y los de la naturaleza, el sonido del mar me encanta” y por supuesto sus clases de batucada (percusión) “Descubrí que había instrumentos muy diferentes que sonaban y me ayudaban a tocar el mío”. Incluso “cuando en clase cantaban TacaTaca PumPum, TacaTaca PumPum, todo el mundo lo tocaba y yo era incapaz, me decía... seré muy torpe, yo decía... no será para mí. Y me di cuenta que el sonido se asemejaba a lo que tocaban con el instrumento y antes no lo distinguía”.

Han pasado 6 meses y “Estoy maravillada, no pensé llegar a este nivel. Siempre he intentado que mis expectativas estuvieran ajustadas pero las ha superado, no me esperaba la cantidad de sonidos y la calidad con la que escucho. Cuando estoy en un restaurante antes era todo ruido, pero ahora puedo oír que hay música, gente hablando, cómo colocan los platos, puedo separar los distintos sonidos”.

Lo que más impacta a Loli ahora es la sensación de silencio cuando se quita el procesador “y yo estaba acostumbrada a estar en silencio pero hoy puedo decir que no era consciente de que era tan sorda”.

“Además tengo todos mis restos auditivos conservados, no es que fueran muchos, pero se mantienen igual o un pelín mejor que antes de la cirugía, seguramente por la estimulación. Como sabía que podía existir esa posibilidad, desde el primer momento fui muy consciente de este tema y de analizar si estaba igual, y sí, mi audición era igual que antes del implante! Qué buen implante tenéis y que buenos cirujanos me operaron!”

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